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lunes, 15 de marzo de 2010

EL DESCONTROL


Por Carlos Wagner Catalán


A pesar de haber sido muy niño, recuerdo como si fuera hoy el terremoto del año 1960 registrado en Valdivia. Yo, en aquel tiempo vivía en Nueva Imperial, una pequeña ciudad ubicada a 33 kilómetros a la costa de Temuco. Ha sido el terremoto más fuerte registrado en la historia de la humanidad: 9.6 en la escala de Richter. A los pocos minutos hubo un maremoto que inundó las costas de varias localidades del sur de Chile.
Hace un par de días la naturaleza nos ha vuelto a tratar con dureza. Un terremoto grado 8.8 en la escala richter ha azotado la zona central. Una zona que por ser mucho más poblada que la del sur, la repercusión ha sido bastante mayor… Además que los Medios de Comunicación Social hoy tienen una cobertura mucho más instantánea que en la década del 60.
Hemos podido constatar –además del dolor de haber perdido los bienes materiales y vidas humanas—una conducta en la gente que habrá que tener en cuenta. No es normal –y así lo podemos percibir quienes vivimos lejos del epicentro—que a un par de horas de registrado los hechos, la gente haya salido a la calle a saquear cuanto negocio se les pusiera por delante. No es normal, en primer lugar, porque nadie se muere del hambre a las cuatro o cinco horas de registrarse un terremoto y, segundo, porque nadie se alimenta de electrodomésticos, televisores de plasmas, y mucho menos, de maquinaria pesada. Esta es una clara señal que el materialismo ha comenzado a minar el comportamiento moral de las personas en esta sociedad chilena. Y digo que lo constatamos nosotros alejados del epicentro, porque no estoy seguro cuál habría sido nuestro comportamiento se hubiésemos estado en el lugar de los hechos.
Pero en Puerto Montt, hemos vivido algo mucho peor aún, cuando las autoridades --impulsadas no sé con qué criterio--, salieran a las calles a llamar a la población a abandonar el centro de la ciudad por peligro de un sunami. Puedo entender que haya personas de escasa formación académica, que haya corrido a la Escuela ubicada frente a los Salesianos, en lo alto de la ciudad, para retirar a su hijo porque “¡la ola ya viene!” (incluso para llevárselo a su casa que está ubicada en un sector más bajo que la escuela). Lo que no puedo entender, es que hayan apoderados con una formación académica mucho mejor y pierdan los estribos, como que el mundo se va acabar, y hayan llegado al Colegio Arriarán Barros, por ejemplo, sobrepasando el control de Inspectoría para llegar a las salas a sacar a sus hijos de clases.
Razonemos un poco. El año 60, el terremoto fue en Valdivia, grado 9.6. En Puerto Montt, subió un poquito la marea, pero no alcanzó ni siquiera a mojar la línea del tren que pasaba por la costanera, pegada al mar. Tampoco pasó nada con el terremoto 8.8 registrado en Concepción. ¿Cómo podría pasar algo con un temblor 7,2 (que después se supo que fue 6,9) cercano a la ciudad de Rancagua, mucho más lejana a Valdivia o Concepción?
Me da la impresión que hay que educar a los papás más que a los jóvenes y niños. Yo me encontraba haciendo clases en un Segundo Medio, cuando llegaron los papás absolutamente descontrolados a buscar a sus hijos. Los jóvenes permanecieron en sus salas con toda tranquilidad. Menos mal que los jóvenes no se descontrolaron viendo a sus padres vueltos locos, de lo contrario podríamos haber tenido una situación mucho más grave todavía.

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